Oaxaca en Familia: El Viaje que Siempre Debimos Hacer

Por Miguel Pérez | Se Vive Viajando


Hay viajes que se planean con meses de anticipación. Y hay viajes que simplemente llegan cuando es el momento correcto.

Este fue de los segundos.

Enero de 2025. Yo estaba en México de visita desde Estados Unidos y tuve una idea que, en retrospectiva, debí haber tenido antes: ¿y si en lugar de vernos en casa, nos íbamos juntos a algún lado? Mi papá, mi hermano menor, mi hermana mayor, mi cuñado — y yo. Por primera vez en la vida, viajando como familia.

De pequeños no tuvimos mucha oportunidad de hacer ese tipo de viajes. La vida tiene sus razones, y uno aprende a no cuestionarlas demasiado. Pero cuando finalmente puedes crearlos, esos momentos cobran un peso distinto. No son vacaciones. Son tiempo que te das cuenta que siempre quisiste tener.

Elegí Oaxaca porque la conocía. La había visitado antes con mi esposo y sabía exactamente lo que le iba a hacer a mi familia: enamorarlos. Oaxaca no pide permiso. Entra por los ojos, por el olfato, por el paladar, y se instala sin avisarte.

Tenía razón.


Por qué Oaxaca para un viaje familiar

Oaxaca es uno de esos destinos que funciona para casi cualquier tipo de viajero, pero que brilla especialmente cuando lo vives con personas que quieres. No es un destino de playa donde todos se dispersan. Es un destino de plaza, de mercado, de mesa larga y conversación lenta. Un lugar que te obliga a estar presente.

Tiene historia milenaria, gastronomía reconocida mundialmente, artesanías únicas, naturaleza surreal y una cultura que no está fabricada para el turista — simplemente existe, y te invita a ser parte de ella.

Para un grupo de cinco adultos viajando juntos por primera vez, era el escenario perfecto.


El itinerario: 4 días, 3 noches, sin desperdiciar nada

Día 1 — Llegada y primera cena que lo dice todo

Vuelo desde el AIFA directo a Oaxaca. Al aterrizar, auto de renta y dirección directa a Alfonsina Oaxaca — un restaurante a diez minutos del aeropuerto que ya había visitado antes y que sabía que iba a marcar el tono de todo el viaje.

Cinco platillos por persona. Cocina oaxaqueña con técnica, con historia, con intención. El tipo de lugar donde el mesero te explica de dónde viene cada ingrediente y uno empieza a entender que la comida aquí no es solo comida — es identidad.

Gordon Ramsay visitó este lugar. Pero eso es secundario. Lo que importa es que mi familia quedó en silencio después del primer bocado. Y ese silencio lo dijo todo.

Después, check-in en un Airbnb en el centro: tres habitaciones, espacio para todos, sin hoteles corporativos ni pasillos fríos. Esa primera noche, entre el cansancio del vuelo y la satisfacción de la cena, algo se acomodó dentro del grupo. Estábamos ahí. Juntos.


Día 2 — Monte Albán, Hierve el Agua y el mezcal que no es para turistas

Desayuno temprano y salida hacia Monte Albán — la zona arqueológica zapoteca construida sobre una montaña aplanada a más de 1,700 metros de altura, con vistas a todos los valles de Oaxaca.

Hay lugares que te recuerdan lo pequeños que somos. Monte Albán es uno de ellos. Ver a mi papá caminar entre esas estructuras de más de 2,500 años, detenerse, mirar el horizonte — eso no tiene precio.

Al mediodía, carretera hacia Hierve el Agua: las cascadas petrificadas que parecen sacadas de otro planeta. Pozas naturales en el borde de un precipicio, con vistas al valle que se pierde en el horizonte. La caminata a la base de la cascada es opcional, pero vale cada paso.

La tarde paramos por casualidad en la Mezcalería Rancho Blanco en Tlacolula — una destilería familiar de tercera generación cuyos dueños regresaron de Estados Unidos para rescatar su proyecto. Su lema lo dice todo: «Aquí se vende mezcal y no chingaderas.»

Probamos mezcal de verdad. No el mezcal de aeropuerto. El que huele a tierra húmeda y sabe a proceso. Todos se animaron a degustar lo que nos ofrecieron y la plática con los dueños se fue poniendo interesante; anécdotas familiares, de tiempos difíciles y sobre todo del entusiasmo por continuar el legado familiar.. Ese fue el momento en que supe que el viaje había funcionado.

La cena fue en el Barrio de Jalatlaco, uno de los rincones más fotogénicos de Oaxaca — calles empedradas, murales, buganvilias y una escala humana que invita a caminar sin destino.


Día 3 — El centro, el bike tour y el atardecer que nos detuvo a todos

El día más especial del viaje, aunque no lo sabíamos cuando arrancó.

Desayuno en el Mercado de la Merced, en la Fonda Florecita: más de 60 años sirviendo comida tradicional oaxaqueña. Tlayudas, memelas, chocolate caliente. El tipo de desayuno que te ancla al lugar.

La mañana la pasamos caminando el centro: la Catedral de Oaxaca, el Zócalo, el mercado, los portales. Oaxaca es una ciudad que se disfruta sin prisa — cada esquina tiene algo que ver, cada puerta una historia.

A media tarde, bike tour al Árbol del Tule — el árbol con el tronco más ancho del mundo, un ahuehuete de más de 2,000 años en el pueblo de Santa María del Tule, a unos kilómetros del centro.

Y fue en el regreso, pedaleando por el bike path entre Santa María del Tule y Oaxaca Centro, cuando sucedió el momento que ninguno olvidará.

El cielo se encendió.

Naranjas, rosas, malvas. El tipo de atardecer que hace que uno detenga la bicicleta aunque sea por unos segundos. Lo hicimos todos. En silencio, mirando hacia arriba.

Días después, mi hermano me contó algo que no me dijo en ese momento: que en ese atardecer sintió que nuestra mamá nos acompañaba. Que algo en la belleza de ese cielo se sentía como su presencia.

No hay manera de planear ese tipo de momentos. No existe itinerario que los garantice. Pero sí existe la decisión de crear los viajes donde esos momentos tienen espacio para ocurrir.

Eso es lo que hace un buen viaje.


Día 4 — Mercado, talleres y despedida

El último día empezó en la Central de Abastos, donde Doña Vale prepara memelas que aparecen en el episodio 3 de Street Food Latino América en Netflix. El tipo de lugar que no está en las guías turísticas pero que los locales conocen de toda la vida.

Después, visita a Atzompa — un taller de escultura en barro y cerámica operado por mujeres — y al famoso taller de Alebrijes Jacobo y María Ángeles en Tilcajete: figuras de madera pintadas a mano con un nivel de detalle que ha llegado a exposiciones internacionales y colaboraciones con Mercedes-Benz y Chloé. El tour es gratuito y dura unos 40 minutos que pasan volando.

Vuelo de regreso por la tarde. Oaxaca quedó atrás, pero algo de Oaxaca se quedó con nosotros.


Lo que aprendí de este viaje

Tengo 30 países visitados, más de 200 vuelos y kilómetros que no termino de contar. Pero este viaje de cuatro días con mi familia en Oaxaca me recordó algo que a veces se olvida entre tanto movimiento:

Los viajes más importantes no siempre son los más lejanos.

A veces el viaje que necesitas hacer es el que tienes más cerca — con las personas que más quieres, en un lugar que ya conoces pero que ves diferente cuando lo compartes.

Oaxaca fue el pretexto. La familia fue el viaje.


¿Quieres llevar a tu familia a Oaxaca?

Este destino funciona para prácticamente cualquier tipo de grupo familiar — desde viajeros aventureros hasta quienes prefieren el ritmo de una plaza y una buena mesa.

Puedo ayudarte a diseñar un itinerario personalizado: con las experiencias correctas, los restaurantes que valen la pena, los talleres que no están en las guías y la logística resuelta de principio a fin.

Porque los mejores viajes familiares no suceden por casualidad. Se diseñan con intención.

Escríbeme y empezamos a planear el tuyo.


«Cada viaje es tiempo prestado. Úsalo bien.» — Miguel Pérez, Se Vive Viajando


¿Has viajado en familia de adultos por primera vez? ¿Tienes un destino en México que quieras explorar con los tuyos? Cuéntame en los comentarios — me encanta leer esas historias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *